Lentejuelas, mercado y después

-publicado originalmente en Éxito, agosto 2007-

Un análisis detallado de la producción novelística de Dani Umpi responde a los dilemas de la reflexión crítica en torno a las minorías sexuales. Economía política, literatura y merceología de la mano de Claudio Iglesias y Damián Selci.


Vida sexual en el Cenozoico porteño

Mucho tiempo habríamos soportado, y padeceríamos aun hoy, la estereotipificación comercial de las minorías sexuales. La encomiable causa de la liberación de los cuerpos no habría triunfado por sí misma, sino sólo en el espacio icónico-identitario del mercado, que la absorbió hasta tornarla un motivador de consumo. La identidad homosexual habría perdido su peso provocativo, político; su salida de la larga noche de la clandestinidad la habría tornado un mero emblema de la compraventa. Su pasado contracultural de resistencia habría ingresado contra voluntad al museo de la ideología pública, habría sido encajonado, clasificado y desprovisto de su sangre, de su lucha, como las obras efímeras del arte de los ‘60 en las más importantes colecciones europeas.

Pero hubo un día luminoso, en el cual la homosexualidad fue sudor y combate contra el falo(+euro, +logo, +etno)centrismo. Un día en que los cuerpos se pavonearon esplendorosos, cargados de resistencia, en sótanos malolientes y deseantes. Un día de carnaval en la larga noche del siglo XX, cuando la revolución era el sexo y el sexo era la revolución. ¿Cuándo, según este relato mítico, terminó ese día? Cuando llegó el mercado, y descubrió que los combatientes podían ser compradores. Que los jóvenes revoltosos egresaban de la universidad, conseguían buenos trabajos, querían vivir en pareja y sostener el hálito de sus recuerdos en innumerables mercancías que les evocaran su atávico pasado de guerreros nómadas a la luz de su flamante vida sedentaria y burguesa. Y así fue como los cazadores furtivos del antiguo planeta homosexual se convirtieron en animales de presa del marketing gay friendly.

Con vistas a este panorama de reflujo sexual-revolucionario, se llegó a cuestionar la conveniencia misma de la identidad gay. Ya en 1991, en su ensayo “La desaparición de la homosexualidad” [http://www.literatura.org/Perlongher/nphomo.html], Néstor Perlongher se mostraba reticente a hablar de “identidad homosexual”, dado que este concepto le resultaba estrictamente coextensivo a la normalización de la sexualidad, es decir, a su despolitización vía mercado. Perlongher sostenía que había que distanciarse de “los gays a la moda norteamericana, de erguidos bigotitos hirsutos”, es decir, de los homosexuales insertos en la sociedad de consumo. Double income, no kids: los transgresores que ahora son consumidores. Decía hace poco Pablo Schanton que “la existencia de tal categoría socio-económica [parejas homosexuales, sin hijos, con alto poder adquisitivo] demuestra hasta qué punto los excluidos de ayer son los incluidos en el Sistema [sic] de hoy” [1].

Las vicisitudes de la experiencia homosexual, así planteadas, sólo pueden dejar paso a la melancolía de un alma bella, al desánimo de la víctima que ha sido traicionada por el mundo o, en su lugar, al cinismo. Carlos Correas, exponente mayúsculo de la homosexualidad histórica, supo compartir este desánimo. Para él, tanto como para Perlongher, las parejas homosexuales son reprobables, porque conservan la estructura matrimonial de la familia burguesa, aunque acentúan su particular acedia. Melancolía o cinismo, lo relevante es que este planteo contracultural no abandona nunca una postura ética, y en esa medida resulta incapaz de afrontar el tema en su integralidad, es decir, en su raigambre económico-política general. Lamentar la absorción de la “política homosexual” en la forma de la mercancía implica olvidar que el mercado preexiste a cualquier formación cultural, contracultural, paracultural, etc., en el contexto mayor de la modernidad. Estos resquemores (típicos de los primeros ’90, aunque todavía visibles) se limitan tradicionalmente al juego de identificaciones y diferencias sociológicas (el matrimonio o la soltería, la decencia o las drogas, etc.) sin percibir su fundamento económico, sin notar que toda diferencia sociológica es de entrada una diferencia para el mercado. Si la pregunta es cómo el capitalismo pudo apropiarse de las políticas sexuales, la respuesta es que el capitalismo procede por abstracción y que, por ende, ningún contenido le es ajeno: al reducir toda cualidad a la posibilidad de venta, el capital resulta por naturaleza incapaz de horrorizarse tanto del matrimonio burgués decimonónico como de la subjetividad del homosexual, de la subjetividad del practicante de tiro al blanco, de la subjetividad del leñador free-lance, etc.; su principal preocupación es la ganancia, es el cuánto y no el qué (lo que Marx llamaba escuetamente “preeminencia del valor de cambio por sobre el valor de uso”). Si no se percibe esto, el resultado sólo puede ser mistificatorio: el mercado es concebido como una gran ola negra que se viene encima, como el meteorito que puso fin a la vida de los dinosaurios, como un mal, incluso como el enemigo, pero nunca como lo que es en esencia, una relación social.

Hoy Perlongher parece, en sí mismo, un artículo de museo, incluso para los escritores contemporáneos vinculados con el universo queer, los cuales prescinden por completo de su arco problemático: esto es cierto para Alejandro López, para Gabriela Bejerman, y también para el novelista que nos ocupa en esta ocasión: Dani Umpi. Ninguno de estos autores formula tesis morales sobre la etología del homosexual porteño: si debe experimentar políticamente en baños de estación de tren o debe someterse a las reglas burguesas del consumo y formar una pareja estable (tal sería la pregunta fundamental de la ingeniería social perlongheriana). No obstante, si conviene evocar a Perlongher es porque su costumbre de pensar la homosexualidad como una lucha cultural que es desarmada al triunfar (asimilación por el mercado) va de la mano, paradójicamente, con la naturaleza del proceso general en cuestión: si no tiene sentido limitar la crítica del modo de vida a la elección de descripciones sociológicas, es porque el mismo mercado se encarga de hacerlo. Porque si al capitalismo sólo le interesa vender, debe interesarle subsidiariamente el modo de hacerlo. Si sólo importa el cuánto, la pregunta es qué vender, i.e. qué venderle a quién: a los homosexuales, a los practicantes de tiro, a los leñadores, etc. El máximo desinterés por la psicología natural, de parte del capital, lleva paradójicamente al máximo interés por la descripción sociocultural de los consumidores. Toda minoría debe ser así identificada y satisfecha; en el límite, incluso puede ser inventada si esto contribuye a la circulación de mercancías. Reconocer este punto implica poner en claro cuál es el nacimiento lógico de las minorías en el mundo capitalista y, consiguientemente, ser capaz de afrontar una crítica generalizada que, en lugar de fetichizar la cultura en sus valores rituales, logre circunscribirla al contexto general en el cual se realiza.

Que los homosexuales adinerados constituyen un reconocible segmento de consumo (o que un tal segmento se constituye a partir de ellos) es un hecho probado, y no necesita mayor demostración; en cambio, lo que debe interesarnos son las condiciones que permiten y dan sentido a toda clase de segmentaciones. Porque son estas condiciones económicas las que cuentan con un valor de aplicación general en el mundo contemporáneo y son también ellas, por consiguiente, las que permiten una crítica igualmente universal y sistemática de todo funcionamiento posible del mercado en relación con las identidades, los géneros, los íconos, etc. Si Dani Umpi tiene relevancia para dar este paso, es porque su narrativa sabe articular el anclaje económico-general de las formaciones subjetivas con las cuales elabora sus universos ficcionales.


Crítica literaria más allá del packaging

Dani Umpi, hay que decirlo, no es un escritor al que la crítica le haya prestado gran atención. Quizás debido a su participación en el mundo de la música pop y en la cultura del under latinoamericano, la prensa cultural lo ha tomado como un caso más de joven multidisciplinario que sabe hacer las cosas en términos de imagen: es simpático, tiene amigos artistas, canta temas de Jaime Roos en inglés y escribe sobre vínculos afectivos neuróticos. Cuando se reseña un libro suyo, los pasos de rigor son: a) destacar la procedencia del autor (Tacuarembó), compartida con Natalia Oreiro, b) destacar su intervención en un extenso arco de disciplinas artísticas, c) destacar su fotogenia, d) concluir que su principal obra es él mismo y, por último, d) mirar un poco el libro en cuestión y reconocer en él la psicología del amor contemporáneo, enredado y maniático.

Siendo innegable todo esto, también lo es el hecho de que Umpi, en sus novelas, ha venido desarrollando un trabajo que pasó, la mayor parte de las veces, en silencio. Y no es prioritario en este punto el hecho de que no se hayan percibido el ascendiente formal de su prosa, su economía como narrador, la variedad de sus escenarios y anécdotas, su capacidad para retener y sorprender al lector, modulando el tono y el ritmo, ecualizando la paleta de recursos seleccionada y sacando provecho de su recurrencia [2]. Contra todo esto, de sus libros suele decirse que están enclavados en el universo “joven-gay-pop”, lo cual bastaría para prejuzgarlos si no fuese por la capacidad original que tiene Umpi para vincular directamente este universo con sus condiciones económico-políticas de inserción. Que en sus novelas abunden Dior, Gucci y Susana Gimenez, Mónica Carrá y Kenzo no debería pasar como un mero despliegue de tatuajes camp en el cuerpo de una narrativa apuntada al público de diseñadores gráficos. En todo caso, la tarea de los críticos no debería limitarse a reconocer lo que de por sí es obvio; en lo más concreto del asunto, Dani Umpi hace mucho más que dar emergencia literaria a los gustos y manías de los hipsters latinoamericanos (de quienes, por otra parte, suele burlarse).

Estilísticamente dócil, sin los problemas de organización que aquejan los textos de otros multidisciplinarios, a menudo muy lúcido, Umpi nos interesa primordialmente por la impronta que los problemas antes mencionados tienen en sus novelas, y que se verifica en primer lugar en los personajes. Estos no se limitan a formar parte de una minoría y consumir; antes bien, son analizados en función de una premisa clara: la que señala que toda indentidad cultural se expresa en una determinada cantidad de mercancías. Analizar este tópico profunda y extensivamente es necesario, pues en él anida uno de los hallazgos más importantes de Dani Umpi.

Miss Tacuarembó (editada por Interzona en 2004) representa el primer punto de realización de esta premisa. La novela narra las desavenencias de una joven promotora de perfumes, quien debe convivir con una madre insoportable, un amigo gay de toda la vida, una infancia signada por la educación religiosa y una aparición en la televisión porteña, todo lo cual se superpone en capítulos brevísimos, casi microrrelatos, que diversifican la temporalidad y concentran la atención del lector en la inmediatez de la página, del momento relatado, a veces una anécdota, a veces apenas un pensamiento. Con esta pauta narrativa concientemente definida, Umpi hace intervenir un cuerpo de doctrina extraño y llamativo, que reclama volumen de páginas y apuntala la narración hasta tornarla dependiente: la merceología de perfumes. En Miss Tacuarembó encontramos una verdadera ciencia, no sólo de la composición química de las esencias, sino de la correspondencia que ciertas marcas y fragancias manifiestan con determinadas personalidades y situaciones: Kenzo Homme es útil para hombres suaves, Le Male, para homosexuales depredadores, Yves Saint Laurent para las mujeres maduras que desean llamar la atención, etc. El personaje narrador, la promotora de perfumes, se deja llevar no sólo por su enciclopédico concimiento de las fragancias, sino también por los significados publicitarios que las organizan: “Quiero estar en el mar, en una playa desierta, en el alba, con un vestido volátil y transparente, empapada en rosas, jazmines y peonías, sudando Kenzo d’Été” (p. 73), dice en un momento de intenso malestar. La naturalidad con que la narración se entreteje con la información merceológica muestra claramente no sólo la imbricación de cierto valor de uso con una marca, sino ante todo la radical colocación de las marcas en el horizonte inmediato de vida de la gente. En un sentido estricto, los perfumes constituyen una fenomenología, en cuanto organizan, para el personaje, las coordenadas mínimas de orientación en el mundo. “Cacharel” es un concepto tan útil para vivir como “adelante” o “arriba”. Su estatuto semiótico es existencial; el uso de las mercancías involucra un sentido, y ellas mismas adquieren contornos significacionales.


Los componentes de la expresión

Umpi trasciende largamente el mito que barrunta que estábamos bien en los sótanos contraculturales hasta que vino el mercado a cooptarnos. Lo que verificamos en las páginas merceológicas de Miss Tacuarembó es que, por decirlo así, el mercado está aquí antes que nosotros, pues las mercancías y las marcas son nuestros medios de expresión. La limpieza estilística de los textos de Umpi (podría hablarse de “prosa de Lysoform”, homenajeando a uno de sus productos más recurrentes) no hace sino realzar este estatuto semántico de los valores de uso, haciendo que la información que el narrador puede proveer se inserte en el cuadro significativo de cada marca, de cada mercancía, de cada ícono. La novela umpiana deviene así ficción metamerceológica: el valor de uso de las mercancías es retratado en toda su movilidad, en toda su dispersión cualitativa, en toda su capacidad de poner en relación aromas, recuerdos, emociones, hormonas, etc.:


Cada uno de nosotros tiene de tres a cinco tipos de olfato. Con uno percibimos el olor normal, las cosas comunes y corrientes de la vida, como los perfumes de Cacharel. El segundo es el sentido trigeminal, por el que se perciben olores fríos, calientes, picantes (olores como el mentol, el cloro, el perfume Pino Silvestre, el Polo u otras fragancias desagradables). El quinto es el vomeronasal, relacionado con el sistema reproductor y que influye, entre otras cosas, en la sincronización menstrual. [...] Cuando mi madre comenzó a usar L’air du temps mi vida comenzó a cambiar, y el perfume de mi apartamento se modificó. Estoy segura de que su presencia fue fuertemente captada pro ese quinto sentido. Ese cambio olfativo en mi hábitat me puso más en sintonía con mi madre (p.110).


Se percibe ya que aquí la literatura no dialoga en vano con el cuerpo ideológico de la comunicación social, no se detiene a citar melindrosamente experiencias reconocibles para un sector socio-cultural determinado (la comunidad gay, los jóvenes, el under, etc.). Muy por encima de estas identificaciones, la narrativa de Umpi extiende su alcance a toda la esfera de los valores de uso, es decir, al funcionamiento formal de la abstracción estético-mercantil por el cual la cualidad física del objeto deviene valor, signo, emblema de una subjetividad sectorizada, reconocible en su diferencia con otras. El pasaje muestra que las determinaciones biológicas valen tanto como las culturales, sexuales, cromáticas, etc, para promover valores de uso. Lo que cuenta es cierto aspecto funcional de una mercancía, reconocible para un sector y no para otros. La pluscualificación del objeto implica la diferencia del consumidor que puede reconocerla: los efectos estimulantes de una fragancia no se verifican por igual en distinto tipo de consumidores (para empezar, en hombres y mujeres, debido a su distinta regulación hormonal). Karl Marx (El capital I, I.2) aseguraba que el valor de uso es “para otro”, y el contemporáneo marketing lo sigue al pie de la letra: la pluscualificación es para su respectivo target, i.e. la minoría que puede percibirla, valorarla y expresarse en ella.

Así, la literatura de Umpi enfrenta sin rodeos un estado social de los medios semánticos, el punto en el cual la lengua y la economía son indiscernibles: la mercancía de marca del capitalismo monopolista avanzado, llena de iconicidad y adjetivos. Cuando el protagonista-narrador de Sólo te quiero como amigo (Interzona, 2006) está triste o conflictuado por alguna causa, se pone un jogging verde mate que expresa su estado de ánimo. Las mercancías se revelan así no ya como simples bienes adquiridos en relación con un fin, sino más bien como objetivaciones sígnicas de la interioridad abstracta de un sujeto: constituyen su medio de expresión, incluso su lenguaje no verbal, semiótico. La tristeza se dice “jogging verde mate”. La sociedad que describe Umpi es la sociedad de las mercancías, y consecuentemente los hombres son los de las mercancías, los que se expresan, se relacionan y se observan mutuamente mediante mercancías. La mercancía es el hecho de partida, el noema fundamental del mundo contemporáneo, y Umpi nos está empezando a mostrar que, además, ha penetrado hasta tal punto en la sociedad que puede presentarse con derecho como el equivalente general de las emociones, deseos y proyectos sociales, como la traductora universal de la interioridad humana. Por esto lo interesante no es tanto la acumulación de íconos en sus novelas como el análisis que de ellos se hace, el modo como el texto los pone en relación con un estado social de la subjetividad. Miss Tacuarembó tiene muy poco de novela gay, y mucho de novela de análisis; su pauta estética es fundamentalmente meta-icónica (podría decirse, de otro modo, que no es icónica sino iconológica).

Sería necesario reponer algunas nociones básicas de economía política para comprender en todo su alcance esta traductibilidad de la experiencia humana a la mercancía, que no es, en sentido estricto, nada nuevo. La teoría que permitiría darle su exacto alcance universal, válida para el presente quizás como nunca antes, no debe buscarse necesariamente en la izquierda norteamericana contemporánea (Naomi Klein y tal), mucho menos en la teoría clásica de la publicidad (Vance Packard, etc.). Ya Marx había dejado picando en las primeras páginas de El Capital la interacción fundamental de dos axiomas en la sociedad de las mercancías: el que indica que las mercancías deben acreditarse como valores de uso (para que su valor de cambio pueda realizarse en el mercado) y el que asienta que el punto de partida de las necesidades humanas que estipulan el valor de uso, “que provengan del estómago o de la fantasía”, no tiene ninguna importancia [3].

El primero de los axiomas citados cubre el campo de acción que va del branding[http://www.foroalfa.com/A.php/Branding_y_emociones_humanas/49] a la acción de venta, es decir, todo el arco de saberes estéticos, científicos y sociales que el capitalismo pone en juego para permitir la realización del intercambio, desde el punto de vista fundamental del objeto. El segundo teorema, por su parte, circunscribe ilimitativamente el terreno de las operaciones subjetivas que pueden asegurar operativamente esta realización. Estos dos axiomas son posicionados por Marx fuera del cerco de observación de la economía, que se limita a analizar el circuito del valor de cambio [4]. Son, en sentido estricto, axiomas de partida, relacionados con la configuración del método y la circunscripción del objeto de estudio. Pero es el mismo método marxista el que resulta coherente con su objeto y permite, por ende, ampliarlo incluso allí donde el mismo Marx había llamado a detenerse. Si El Capital versa sobre el circuito de intercambio, es porque el mismo capitalismo sólo se interesa por él; si para realizar el intercambio, sin embargo, el capitalismo procedió a implementar cantidad de saberes y técnicas vinculados con (acreditar las mercancías como) valores de uso, la tarea correspondiente a la crítica será generalizar el objeto de estudio de la economía política, encontrando las condiciones fundamentales de validez y formas operativas de realización del valor en el contexto de la sociedad capitalista. Llamaremos en lo sucesivo economía política general al examen de estas condiciones y formas relativas al valor de uso, para distinguirlas de las que tienen vigencia en el sistema especial, es decir en el estudio de la producción de valor, el modo de producción, la naturaleza del capital, etc., temas que forman parte tradicionalmente de la agenda de la economía política “propiamente dicha”.


Las minorías desearon el marketing

No hay, nunca hubo, una captación de las minorías por parte del mercado. En rigor, ocurrió todo lo contrario. El análisis de este fenómeno singular constituye el otro gran avance de Dani Umpi en lo que hace a la percepción de procesos económico-generales. Es en su última novela, Sólo te quiero como amigo, donde esta problemática se pone en juego. La novela es narrada en primera persona por un personaje frustrado y neurótico que se encuentra en trance de terminar una relación de pareja. Cuando se refiere a los amigos de su novio saliente, hace su entrada en escena uno de los estereotipos más reconocibles del mundo gay: la bicha, el homosexual que vive observando y criticando a sus pares y sus identificaciones imaginarias. Sobre todo, esto último: la bicha critica a otros gays, pero también a Leticia Brédice, a David LaChapelle, etc. No es tan cierto que erige íconos de consumo como que los destruye; no cristaliza segmentos socioculturales, sino que los licúa. La bicha, en rigor, hace del homosexual algo más que un segmento. Umpi le concede la particularidad mayor de asumir como determinación propia el hecho de observar y tipologizar permanentemente a todos los ejemplares psicosociales. La más estremecedora tesis que se deduce de esta novela es que las minorías sexuales, lejos de encarnar al dios de la militancia contracultural, pueden definirse más bien por mirar el mundo con los ojos del marketing. Que su modo de existencia es totalmente indefinible por fuera no sólo de los parámetros de la segmentación sociológica, sino del hecho mismo de proceder en la vida cotidiana mediante la observación, la tipificación, la segmentación. Umpi elabora el verdadero sustrato de reflexión de las relaciones entre la cultura gay y la sectorización sociocultural de la población, es decir, muestra que toda minoría, para ser apresada en su ser, debe ser puesta en relación con otra cosa: la economía política general y, puntualmente, la actividad del marketing como ciencia social. La bicha, el puto que sólo es capaz de criticar a otros putos, es desde este punto de vista el para sí del marketing.

Es fácil y redituable criticar los estereotipos "consumistas" del mundo gay (Madonna, Resistiré, las extensiones de cabello que usa Susana Giménez, veneradas por tantos, etc.); no lo es, en cambio, reconocer el fundamento económico de críticas de este tipo. Con un poco de audacia, se deduce de la narrativa de Dani Umpi el siguiente hecho conspicuo: la crítica de los estereotipos redunda en la construcción de nuevos estereotipos. Si ya no quedan bien las musculosas a rayas, entonces la cuestión decanta en el reclamo por unas nuevas musculosas. Pero haríamos mal en creer que esta “crítica icónica” es funcionalizada por el mercado, aprovechada por los malvados oportunistas del negocio de la indumentaria; pues, de acuerdo con la primera tesis de Umpi que reza que las mercancías son medios de expresión, sería más preciso decir que esa “crítica icónica” es en realidad el impulso crítico del capital que necesita abrir nuevos mercados en un mundo ya de por sí sobresaturado de mercancías. Esto es precisamente lo que los marxistas alemanes de los ’70 (Jörg Glomblowski, P.A. Baran, P.M. Sweetzy, W.F. Haug) llamaron “teoría de la obsolescencia estética”: la musculosa a rayas, en cuanto objeto destinado a vestir a una persona, sigue siendo técnicamente útil, pero se ha vuelto obsoleta en términos significacionales, y en esa medida exige recambio, habilitando de nuevo la vida de la economía capitalista. Para la industria de electrodomésticos es un problema que las heladeras duren cuarenta años, y lo mismo vale para la industria textil respecto de las musculosas. Podría decirse, irónicamente, que el primer crítico de la industria de la cultura no fue Theodor Adorno, sino el propio capital. Pues el capital debe permanentemente “criticar” el estado semiótico-social de las mercancías para darle oxígeno a su imperiosa producción industrial, al circuito frenético del mercado, del sistema de crédito, etc., todas cosas sin las cuales no puede autovalorizarse, o sea, existir. Así llegamos a descubrir el carácter autóctonamente ideológico de las críticas que frecuentemente se han hecho a la subjetividad gay contemporánea: criticar un cúmulo de determinaciones icónicas implica destrabar una cadena sígnica para que esta sea reemplazada por otras. La subcultura, por ende, no es meramente un segmento, sino también la lectura negativa de todos los otros segmentos. No es tanto el objeto del marketing como, más exactamente, su forma objetiva, su realidad actuante en el meollo de la vida social.

El concepto rector de este proceso no es otro que el de la diferencia como valor abstracto. Un segmento de consumo es, por definición, incapaz de absorber toda la potencia y todas las posibilidades de la producción mercantil capitalista; por eso se necesita de varios, diferentes entre sí y autorreconocidos en esa diferencia (el joven indie, la muchacha punk-artie, los estudiantes de sociología, el financista católico, el rentista amante del polo, etc.). Durante mucho tiempo, los críticos culturales, en sus más diversas e imaginativas ramas, han propuesto la diferencia cultural como algo político, en cuanto expresión de una subjetividad minoritaria. Y podemos aceptar esto, porque, por cierto, en cuanto la figura del consumidor asciende al podio del interés empresarial, no puede sino concebírselo como un hombre libre, político, que debe permanentemente expresarse, tomar decisiones, y colectivizarse en segmentos de consumo. El consumidor nunca está aislado, sino que siempre está en proceso de trascenderse hacia un segmento; aunque, por decirlo sartreanamente, nunca se aliena completamente en él, pues conserva la posibilidad de liberarse de ese segmento y de participar en otros. Esta fluidificación de las relaciones entre segmento y consumidor es crucial para que las cadenas sígnicas no se fijen, pues de ese modo sería imposible generar nuevos mercados o, peor aún, sería imposible que un mismo consumidor participara de varios segmentos a la vez. Un rentista totalmente integrado al “estilo-polo” no podría participar de otro segmento, y estaría así poniendo una barrera a toda nueva creación de mercados. Se destaca así la rigurosa necesidad lógica de una crítica del consumo, que incesantemente destruya las identificaciones dejando espacio para que el consumidor pueda participar también de otras.

Hemos llegado, finalmente, a la ley fundamental de la fenomenología del consumidor: la libertad de consumo. Su máxima reza: Ninguna persona está obligada a participar de un único segmento. Es libre respecto de todos ellos, respecto de elegirlos o de rechazarlos, e incluso nada impide que se incluya en varios a la vez [5]. Nuestro fanático del polo puede elegir entre Las Chicas Superpoderosas o la revista Brando, con todo derecho. A cada momento, es libre, sólo ligado al segmento según su voluntad y desligado también mediante ésta. “Nadie es una sola cosa”, y la validez de este juicio en lo relativo a la opción sexual debería generalizarse. Ningún consumidor tiene que reducirse a un único segmento. Porque el consumidor, es decir su bolsillo, es la unidad trascendental de todas sus mercacías, la forma vacía irreductible a sus segmentaciones. El Yo consumo debe poder acompañar todas mis segmentaciones, sin las cuales ellas no serían mías, temporales, contingentes, sino que más bien yo sería lo temporal y contingente. Por el cumplimiento de esta ley vela abnegadamente el capital y toda su compleja ingeniería social. Consevarción del sujeto (forma del consumo) y destrucción del predicado (contenido del consumo); ya Georg Lukács había notado que la lógica trascendental kantiana era sorprendentemente parecida a la del valor de cambio.


Apéndice. La alta cultura son los padres.

¿Debe llamarnos la atención que haya sido justamente la literatura la forma expresiva capaz de hacerle frente a la relación dialéctica entre subculturas, minorías, etc., y su fundamento económico-político? Sin dudas, esta es una de las riquezas más genuinas que aporta Dani Umpi. El marketing hoy se erige como ciencia de ciencias; bajo su paraguas es posible encontrar un amplísimo espectro de prácticas del saber humano: sociología, psicología, química, semiología, antropología, neurociencias, diseño, arquitectura, todas ellas y muchas más se unen en santa alianza en pos del objetivo del capital, la realización mercantil del valor. Esta formidable capacidad abstractiva del marketing, capaz de eludir las enormes diferencias entre diversos campos de conocimiento y funcionalizarlos de acuerdo con sus propósitos, exige una reflexión igualmente minuciosa y plástica que pueda rastrear su lógica interna y su movimiento, medir su alcance y su efectividad. Por esto no es raro que sea Umpi, cuyas virtudes en el dominio de la lengua y la forma del discurso literario ya han sido puestas de relieve, quien logre éxito en tarea semejante. Desde el punto de vista estrictamente teórico-literario, salta a la luz la afinidad entre el hábito novelístico metódico y documentativo que ostenta Umpi, su amplia capacidad para novelar experiencias y entornos disímiles, y la talla universal de sus problemas. Salta a la luz, finalmente, que sólo una literatura conciente de su propia naturaleza y de sus exigencias está en condiciones de enfrentarse con la coyuntura económico-social mundial. Es coherente, y hasta tautológico, que Umpi no desdeñe las herramientas que le ofrece la gran literatura, la forma-novela en todas sus vicisitudes tradicionales, y que correlativamente sea capaz de ponernos de cara ante nuestro presente histórico en el sentido más estricto y abarcativo. No es sorprendente, tampoco, que la prensa cultural no le haya prestado atención ni a una ni otra cosa, al menos si tenemos en claro que su agenda se limita al fin de las disciplinas artísticas, de la calidad literaria, de la productividad social de la literatura y de todo lo que haga temblar la epidermis sintomatológica del discurso crítico oficial. Este inerte arco problemático, que nada permite leer ni decir, es una prueba a contrario de la pertinencia del trabajo de Dani Umpi, precisamente porque son aquellos núcleos proyectuales hoy menospreciados los que ostentan una generalizada capacidad para problematizar el presente histórico por sobre la mojigatería de nuestra contemporaneidad perpetua. Están los lamentos por el repliegue de las minorías, está la letanía por el fin de la autonomía estética, y por lo bajo se desliza la prioridad de la economía política. Un fantasma recorre la espesa noche de la escolástica crítica: es el fantasma de la literatura universal.




[1] Pablo Schanton, “¿Da miedo?: la fábula del Rey Desnudo”, texto para la exposición Bad de Alberto Passolini, Zabaleta Lab, Buenos Aires, marzo-abril de 2007. Es conveniente aclarar que, al referirnos a la “lucha de las minorías”, no tomamos este concepto en su acepción actual y jurídica, las “luchas civiles” por el matrimonio entre hombres, la tenencia de hijos, etc., sino a la definición cultural, de “resistencia política”, que los autores mencionados le atribuían a la noción antropológica del homosexual. Es notable que las luchas civiles de hoy (matrimonio, hijos) no sólo son diferentes, sino incluso contradictorias con el concepto “resistencial” de la homosexualidad que fomentaba Perlongher.

[2] Baste pensar en el personaje doble de las mellizas tontas de Miss Tacuarembó, que son ridiculizadas por sus vestidos colores pastel, concitan cantidad de insultos a lo largo de las primeras páginas, luego desaparecen de escena y en el capítulo 44, que tiene lugar en un cementerio, vuelven con el carácter macabro de las gemelas fantasmales de El resplandor, persiguen por el parque a la protagonista, que les ha robado un par de walkie-talkies, y son finalmente abofeteadas por su madre. El interés de esta escena, su rigor formal y su efecto dependen en gran parte de la precedente ausencia de las mellizas, que sorprenden a la protagonista y al lector conjuntamente. Otra referencia cinematográfica, más insoslayable, es la de Carrie: los indicios que llevan a pensar en ese film (adolescente perturbada, con problemas para relacionarse – madre religiosa y castradora – baile de fin de curso) introducen un elemento de suspense que propicia la intriga final.

[3] “Die Natur dieser Bedürfnisse, ob sie z.B. dem Magen oder der Phantasie entspringen, ändert nichts an der Sache”, dice bien al comienzo el primer capítulo del texto alemán de El Capital.

[4] La prueba más elocuente de esta prescindencia del valor de uso en El Capital es el hecho de que un lector puede leer el texto en alemán, malentender perfectamente todos los sustantivos referidos a oficios, mercaderías y productos industriales con que se ejemplifican las formulaciones y captar estas últimas, sin embargo, en su contenido general y válido, abstracto con respecto al soporte léxico de todos los ejemplos posibles.

[5] Por supuesto, un docente con un sueldo de 1000 pesos no pueden, aun queriendo, participar del segmento ABC; pero esta constricción es ecónomica, y no política, cultural o de otro orden. Precisamente, lo que caracteriza a la libertad de consumo, lo que la circunscribe operativamente al provecho capitalista, es el hecho de que la única constricción existente sea económica, es decir, cuantitativa.